Tras su nacimiento como moneda común, el euro ha acabado por convertirse en una de las infraestructuras políticas más visibles de Europa. El investigador del Real Instituto Elcano Miguel Otero y el ex director adjunto del banco central de Austria Paul Schmidt explican que, en la era digital, los pagos cotidianos dependen en gran medida de redes privadas y externas y apuntan a una alternativa para reforzar la autonomía estratégica europea: el euro digital. „Pagar siempre ha sido una cuestión de poder“, sostienen.
El euro nació como una moneda, pero pronto se convirtió en algo más. Desde su introducción física hace casi veinticinco años, ha funcionado como una de las expresiones más visibles de la integración europea. Está en los bolsillos, en los comercios, en los viajes, en los contratos y en la experiencia cotidiana de millones de ciudadanos. Hoy, cerca de 360 millones de personas en veintiún Estados miembros de la UE pagan con la moneda común. También es medio de pago en Mónaco, Andorra, San Marino y el Vaticano, mientras que en Kosovo y Montenegro fue adoptado de forma unilateral. Durante estas décadas, el euro ha actuado como acelerador del mercado interior, se ha consolidado como la segunda moneda más importante del mundo y ha aportado a sus miembros un valor económico considerable, desde la eliminación de costes de conversión y fluctuaciones cambiarias hasta la posibilidad de comparar mejor los precios.
A menudo cuestionado, e incluso dado por muerto en distintos momentos de crisis, el euro ha demostrado ser un ancla de estabilidad. También ha hecho que Europa sea más tangible para sus ciudadanos. Esa dimensión práctica explica en parte su fortaleza política. Pese a haber sido utilizada en ocasiones como chivo expiatorio de la mala gestión de algunos países o como símbolo de derivas europeas mal explicadas, la moneda común conserva un apoyo social elevado. En Austria, España y buena parte de la zona euro, el euro no es solo un instrumento monetario. Es también una infraestructura de confianza.
„El euro ha demostrado ser un ancla de estabilidad. También ha hecho que Europa sea más tangible para sus ciudadanos“
Cuanto más inestable se vuelve el mundo, más valiosa resulta la pertenencia a un espacio monetario común que contribuye a la independencia, la resiliencia y la capacidad de acción colectiva. Desde la perspectiva interna de la UE, el euro ha favorecido la convergencia a la vez que ha reducido obstáculos transfronterizos y ha fortalecido el mercado interior. Desde la perspectiva externa, proyecta una capacidad europea que no depende por completo de las monedas de otras potencias. Sin embargo, esa fortaleza tiene hoy una laguna evidente. La moneda europea ha sido un éxito en el mundo físico, pero no lo es plenamente en el mundo digital.
El problema no es menor. En la actual era de rivalidad entre grandes potencias, los sistemas de pago son una infraestructura crítica. Quien procesa los pagos parte con ventaja, ya que es quien fija los estándares, obtiene los datos y cobra comisiones, consolidando una posición estratégica en la economía. Visa, Mastercard, Apple Pay o Google Pay han aportado eficiencia, seguridad y comodidad, pero Europa no puede permitirse carecer de alternativas propias en un contexto geopolítico cada vez más hostil.
Por qué los pagos digitales son una cuestión de soberanía europea
Las tarjetas son ya el principal medio de pago electrónico en la Unión Europea, y los esquemas internacionales concentran una parte mayoritaria de los pagos con tarjeta en la zona euro. Hablamos de una de las capas básicas de la vida económica europea. Cada pago cotidiano forma parte de una red de información, comisiones, estándares tecnológicos y relaciones de dependencia. Si Europa ha aprendido con la energía, los semiconductores, la defensa o las materias primas críticas que las dependencias estratégicas suelen descubrirse demasiado tarde, en los pagos digitales no debería repetir el mismo error.
„Quien procesa los pagos parte con ventaja, ya que es quien fija los estándares, obtiene los datos y cobra comisiones“
Aquí entra el euro digital. No como sustituto del efectivo ni como solución milagrosa, sino como prolongación del dinero público en el espacio digital. Si durante siglos el dinero de banco central ha existido para los ciudadanos en forma de billetes y monedas, en una economía cada vez más digital también debe existir en formato electrónico. El euro digital permitiría pagar con dinero público en comercios, online o entre particulares, con una solución segura, gratuita para los usuarios finales, de aceptación amplia y respaldada por el Eurosistema. Su objetivo, en lugar de desplazar lo que ya funciona, sería asegurar que el futuro de los pagos europeos no dependa exclusivamente de redes privadas y externas.
El euro digital no debe presentarse como rival de Bizum, Wero, Bancomat y otros esquemas. Europa cuenta ya con capacidades privadas relevantes, pero siguen fragmentadas en mercados nacionales o regionales. Bizum muestra, en España, que puede construirse una solución sencilla, rápida y ampliamente adoptada. Por su parte, Wero aspira a ofrecer una alternativa paneuropea. Otros esquemas nacionales han avanzado en la misma dirección. La cuestión es cómo conectar esas capacidades, dotarlas de escala europea y asegurar que se desarrollan sobre estándares interoperables. El euro digital puede aportar una capa pública común sobre la que estas soluciones privadas puedan apoyarse.
La soberanía en pagos no se conseguirá solo porque los actores sean europeos. Requiere reglas comunes, escala, confianza, seguridad, costes razonables y una experiencia de usuario impecable. También requiere una gobernanza clara. ¿Quién fija los estándares? ¿Cómo se reparten los costes? ¿Qué papel tendrán los bancos? ¿Cómo se integra el euro digital en las aplicaciones financieras existentes? ¿Cómo se evita que una infraestructura pública sea percibida como una intromisión burocrática en la vida cotidiana? Estas preguntas son centrales, porque el éxito del euro digital dependerá menos de su sofisticación técnica que de su aceptación social.
„El euro digital puede aportar una capa pública común sobre la que soluciones privadas como Bizum puedan apoyarse“
Por eso las garantías de diseño son decisivas. El euro digital deberá ser voluntario, por lo que nadie debería verse obligado a utilizarlo. Deberá ser gratuito para los usuarios en los pagos cotidianos. Y también deberá preservar la privacidad, especialmente mediante la posibilidad de pagos offline con un nivel de protección próximo al efectivo. Este punto es esencial para desmontar algunos malentendidos recurrentes: el euro digital no debería sustituir al efectivo, no debería ser una criptomoneda pública y no debería convertirse en una herramienta de vigilancia. Su legitimidad dependerá de que los ciudadanos lo perciban como una opción adicional, segura y útil en lugar de una imposición.
A este respecto, la dimensión práctica será tan importante como la estratégica. Para los comercios, especialmente para pequeñas empresas y establecimientos minoristas, una alternativa europea podría reducir costes asociados a comisiones y reforzar su capacidad de negociación frente a los grandes operadores internacionales. Para los ciudadanos, podría ofrecer una forma sencilla de pagar en toda la zona euro, incluso en situaciones de caída de la conexión o de emergencia. Para los bancos y proveedores de servicios de pago europeos, podría crear una infraestructura común que facilite la innovación y reduzca la fragmentación. Para la UE, supondría una pieza adicional de autonomía estratégica.
El euro digital también puede tener una dimensión integradora más amplia. Si los países candidatos a la UE pudieran anticipar algunos pasos de integración antes de su adhesión formal, con el fin de acelerar un proceso de ampliación que avanza con lentitud, los pagos digitales podrían desempeñar un papel relevante en esa integración sectorial. Su introducción y uso extendido permitirían acercar más rápidamente entre sí a los Estados miembros y a los países candidatos, anticipar de forma funcional algunos beneficios de la pertenencia al espacio económico europeo y reforzar los vínculos entre la zona euro y su entorno inmediato.
Un ejemplo está en los Balcanes Occidentales, donde el euro ya tiene una presencia física considerable. En algunos países de la región, las remesas enviadas desde la UE representan una fuente importante de ingresos para familias y economías locales. Una solución de pagos europea, segura, barata e interoperable podría tener allí un atractivo adicional, tanto para transferencias privadas como para la actividad comercial. Además, millones de personas procedentes de países candidatos viven y trabajan dentro de la UE. Para ellas, una infraestructura europea de pagos más eficiente sería una herramienta práctica en su relación cotidiana con sus países de origen.
„El euro digital deberá ser voluntario, por lo que nadie debería verse obligado a utilizarlo. También deberá ser gratuito para los usuarios en los pagos cotidianos“
También podría influir en los Estados miembros de la UE que aún no han adoptado el euro. Aunque el uso del euro digital estaría pensado inicialmente para la zona euro, la presión práctica para poder utilizarlo en otros países de la Unión será significativa si el instrumento funciona bien. La experiencia cotidiana puede tener efectos políticos. Si ciudadanos y empresas perciben que el euro digital facilita pagos, reduce costes y mejora la integración con el mercado europeo, puede reforzarse indirectamente la disposición a adoptar la moneda común. La integración europea rara vez avanza solo por grandes declaraciones. A menudo lo hace a través de infraestructuras útiles que terminan volviéndose indispensables.
Qué puede y qué no puede resolver el euro digital
Ahora bien, conviene no exagerar su alcance. El euro digital puede reforzar la autonomía europea en pagos, pero aún quedará mucho por hacer en cuanto a las limitaciones estructurales del euro como moneda internacional. Para que la moneda europea gane peso global frente al dólar, siguen siendo necesarias otras piezas: una unión bancaria más completa, mercados de capitales más profundos, más activos seguros denominados en euros y una mayor capacidad fiscal común para financiar bienes públicos europeos. El euro digital es una condición necesaria para adaptar la soberanía monetaria europea a la era digital, pero no basta para convertir al euro en una moneda plenamente equiparable al dólar.
Su importancia reside precisamente en otros ámbitos. El euro digital puede conectar tres debates que a menudo aparecen separados: la vida cotidiana de los ciudadanos, la competitividad del mercado interior y la autonomía estratégica de Europa. Puede hacer que el euro vuelva a ser visible en una esfera donde corre el riesgo de diluirse detrás de aplicaciones, tarjetas y plataformas de terceros. Puede reforzar la confianza en el dinero público en un contexto de digitalización acelerada. Y puede contribuir a que Europa no dependa de otros para una función tan básica como pagar.
Pagar siempre ha sido una cuestión de poder. Lo fue cuando los Estados acuñaban moneda, lo fue cuando se construyeron los grandes sistemas bancarios y lo es ahora, cuando los pagos se procesan mediante redes digitales globales. Europa comprendió la importancia política de la moneda común con la creación del euro y ahora debe entender que esa moneda también necesita una infraestructura digital propia. En un mundo más fragmentado, disponer de una forma europea, pública, segura y confiable de pagar es ni más ni menos que una condición soberana.
Miguel Otero Iglesias, Paul Schmidt (16. Juni 2026)
